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lunes, 13 de febrero de 2012

Libros No. 3 Plataforma, de Michel Houellebecq

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, 317 p.



 No pierdas tu tiempo
 Solo para fans del autor o interesados en el tema
 Vale la pena leerlo
 Muy recomendable
 Absolutamente imprescindible

Plataforma es una novela de Michel Houellebecq publicada por primera vez en francés en 2001. Houellebecq es uno de los autores franceses más leídos. Esta novela de inmediato se posicionó como todo un fenómeno literario.

Los temas de esta novela son varios. Es una crítica y una sátira a la sociedad europea contemporánea, tan sumida en el consumismo y en el hedonismo, pero totalmente vacía y aburrida. Es también una crítica al modelo económico capitalista, una burla al modo de vivir europeo, específicamente el modo de vivir francés. Podría considerarse, si no una apología, quizá una desatanización del turismo sexual. En el fondo, Plataforma es una novela sobre la sexualidad. ¿Qué papel juega el sexo en nuestras vidas? Y no solo eso, es también una novela sobre el amor, el placer y la sensualidad. Ya que el autor no tiene ningún reparo en decir las cosas como son, la novela podría herir las susceptibilidades de algunos, o, peor todavía, podría hacer pensar a un lector superficial que se trata de una novela pornográfica y vulgar. Una lectura frívola puede dar esa impresión, pero el lector agudo encontrará una novela digna de aplauso y encomio, y de inmediato se convertirá en entusiasta seguidor del autor.

Los personajes principales son:
Michel, funcionario del Ministerio de Cultura.
Valérie, joven de veintiocho años, amante de Michel; empleada en una gran empresa turística, colaboradora y mano derecha de Jean-Yves.
Jean-Yves, directivo de Nouvelles Frontières, jefe de Valérie.

La novela está estructurada en tres partes, de las cuales la segunda es la más extensa: Trópico Tailandés, Ventaja Competitiva y Pattaya Beach. Es una novela no compleja, sin historias paralelas ni tramas entrecruzadas; es lineal y se desarrolla de principio a fin, sin flashbacks ni flashforwards –en todo caso, las referencias al pasado sirven solo para introducir a un personaje. La lectura es vertiginosa desde las primeras páginas. La historia puede resumirse así:

Michel Renault contrata un viaje a Tailandia en el que conoce a Valérie, que, de vuelta a París, se convertirá en su amante. Muy pronto él se mudará a vivir con ella. Valérie trabaja en Nouvelles Frontiéres, bajo las órdenes de Jean-Yves. Más tarde, Jean-Yves recibirá una oferta de trabajo de Aurore, operador de hoteles número uno de Francia, y se llevará a Valérie con él, con un sueldo mucho mayor para ambos; un gran salto profesional. La misión de Jean-Yves será sacar a flote la cadena de hoteles Eldorador, de la cual será director. Él, Valérie y Michel viajarán de incógnitos a Eldorador Cuba para ver el funcionamiento del hotel. Ahí Michel tendrá una visión: un hotel en donde la prostitución sea libre y totalmente legal. La idea es un chispazo que a Jean-Yves le parece genial. Los tres se avocarán a la tarea de implementar Eldorador Afrodita en varias unidades, para lo cual entrarán en contacto con el operador alemán de viajes número uno del mundo quien verá en esta iniciativa una buena ocasión para hacer mucho dinero. Todo va viento en popa, el éxito es inmediato. Esta idea promete no solo sacar a flote a la cadena Eldorador, sino convertirla en un negocio sumamente rentable. Hay tanto entusiasmo que Valérie y Jean-Yves están seguros que los accionistas de Aurore los recompensarán con un muy generoso paquete de acciones. Por desgracia, Eldorador Afrodita de Tailandia sufre un atentado terrorista, no se sabe bien si a manos de fundamentalistas islámicos que detestan la prostitución, o de independentistas malayos. El caso es que las víctimas, casi todos turistas europeos, se elevan a más de cien, entre los que se encuentra Valèrie. El hecho, justo antes de año nuevo, causa conmoción en Europa. Los diarios dan cuenta de él y condenan el turismo sexual. La empresa Aurore se deslinda del proyecto, lo cual implica que la carrera de Jean-Yves está terminada. Michel sufrirá un deterioro en su salud mental que lo mantendrá por un tiempo en el hospital (a fin de cuentas amaba a Valérie). Michel regresará a Tailandia, en donde piensa envejecer y acabar sus días sumido en el anonimato y en la mediocridad. Desde ahí escribirá la novela.

Desde las primeras líneas Michel, de 40 años, se muestra como un tipo antipático, aburrido, amargado, pedante y egoísta, pero sobre todo mediocre. Consumidor de prostitución, masturbador empedernido, se gana de inmediato la animadversión del lector al hablar muy despectivamente de su difunto padre. Y lo cierto es que su carácter odioso y mediocre no desaparece en toda la novela. Una vez que el asunto de la muerte del padre queda arreglado, Michel decide salir de vacaciones a un paraíso sexual, y no sabe si su destino será Cuba (circuito Ron y Salsa) o Tailandia (circuito Trópico Tailandés, que da nombre a la primera parte). Finalmente se decide por este último y contrata el viaje organizado por Nouevelles Frontières: “Mis sueños son mediocres –explica–. Como todos los habitantes de Europa Occidental, quiero viajar.” (p. 31)


La narración del viaje es divertida, mordaz, y tiene como blanco de burlas y comentarios sarcásticos a los compañeros de viaje. Michel hace un retrato notable de su propia mediocridad: por ejemplo, el hecho de salir ataviado con un pantalón corto y una camiseta de Radiohead, atuendo de turista, o la faena de bajar al Health Club del hotel, el mismo día de su llegada, para recibir los servicios sexuales de una bella tailandesa. La narración de esa cópula es escueta, y a la vez muy bien lograda. El autor nos relata también el momento en que conoce a Valérie, quien, al parecer, es tan gris como él: “tenía el pelo largo y negro y una cara de yo qué sé, una cara que podría calificarse de modesta; ni bonita ni fea, a decir verdad.” (p. 45)

La primera parte del libro se centra en el tour por Tailandia. Valèrie juega un papel secundario. Parece que ella siempre quiere estar cerca de él, que lo busca, pero nada pasa en todo el viaje. Es más, de no ser porque Michel pregunta casualmente a Valérie, ya en el aeropuerto para tomar el avión de regreso a Francia, qué collar le vendría bien a una mujer rubia de ojos azules –se refiere a Marie-Jeanne, su compañera de trabajo, y aunque el concepto de “rubia de ojos azules” siempre impresiona, la verdad es que Marie-Jeanne es una burócrata tan opaca como él– quizá estos dos personajes nunca se hubiesen visto de nuevo. Michel le pregunta muy torpe y tímidamente si podrían verse en París, y Valérie le da su número móvil. 

En esta primera parte de la novela hay agudas observaciones sobre la economía, como aquella en la que, hablando del padre de Valérie, explica cómo la inversión especulativa, que no produce nada, triunfa sobre la inversión productiva (capítulo 6). O esta otra en la que el narrador confiesa que, a sus cuarenta años, no ha producido absolutamente nada, y la razón es que está en el sector servicios, y que cualquiera como él es totalmente prescindible y sustituible: “yo era un parásito modesto y no brillaba en mi trabajo, ni sentía la menor necesidad de fingir tal cosa.” (p. 82) A diferencia, claro está, de los parásitos vistosos, que son una buena parte de los franceses, representados por Léa y Babette, dos jóvenes, guapas, pero vulgares y frívolas, compañeras del tour. Tampoco faltan las burlas al ecoturismo.


En la segunda parte de la novela tienen lugar diversos acontecimientos: el reencuentro de Michel y Valérie, la contratación de Jean-Yves en Aurore y la misión de rescatar la cadena de hoteles Eldorador, el viaje a Cuba, el deterioro de la relación de Jean-Yves y su mujer, el florecimiento de Eldorador Afrodita, y una serie interminable de encuentros sexuales: tríos, cuartetos, swingers, sadomasoquismo y un largo etcétera. Es en estos encuentros sexuales donde un lector superficial podría perder el fondo de la novela. Por supuesto, las descripciones son explícitas, descarnadas, escritas casi biológicamente, y, pese a esto, francamente deleitables. El autor se revela como un verdadero maestro de la relación sexual.

Es muy notable cómo el autor nos presenta a Jean-Yves; este personaje es todo lo que uno podría desear. Es guapo, joven (35 años), rubio, muy exitoso, respetado en su profesión y gana montones de dinero. Es elegante y sin duda gusta a las mujeres. Todo mundo podría suscribir, sin dificultad, que una vida así es envidiable. Pero Jean-Yves es solo un personaje que representa los anhelos del europeo corriente. A pesar de todo su éxito, es un tipo tan gris y opaco como el burócrata Michel. La vida de Jean-Yves es un verdadero aburrimiento; es mediocre y, a los ojos de Michel, digna de conmiseración. Tiene una esposa atractiva que le engaña; él lo sabe, pero no le importa, a ese grado llega su apatía. No se divorcia por los inconvenientes económicos que ello implicaría. ¿Cuál es el sentido del trabajo y del dinero? ¿Para qué alguien quiere ser exitoso? En la medida que Jean-Yves gana más dinero, su vida es más mediocre. Llegará un punto en que Jean-Yves tenga relaciones con la nana de su pequeña hija de tres años, una chica menor de edad cuya vida, para no cambiar de tono, es gris y aburrida; y, para colmo, la chica se llama Eucharistie.

Volviendo al sexo, ya he dicho que este es el principal tema de la novela. Existe una frase que, en mi opinión, resume el espíritu de la obra:


“Los órganos sexuales son una fuente de placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos ha creado transitorios, vanos y crueles, también ha previsto este débil forma de compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries.” (p. 189) 

Después de esta declaración, formulada desde la intimidad de una habitación de hotel en Cuba, Valérie y Michel tienen una memorable relación sexual con la mucama que se asomaba casualmente. Cuarenta dólares le da Michel, como propina; un mes de su salario, dice Valérie.

Michel se da cuenta del potencial que tendría la idea de montar una red de hoteles donde la prostitución sea legal. Es una cuestión de conveniencia. Por un lado, si bien los europeos han llegado a niveles de bienestar como nunca en la historia de la humanidad, viven absolutamente insatisfechos. Esa es la gran paradoja. Son los europeos infelices porque no encuentran satisfacción sexual: 


“buscan y buscan pero no encuentran nada, y son desgraciados hasta los tuétanos. Por otro lado tienes varios miles de millones de individuos que no tienen nada, que se mueren de hambre, que mueren jóvenes, que viven en condiciones insalubres y que solo pueden vender sus cuerpos y su sexualidad intacta.” (p. 214) 

Con estas premisas, Michel ve un negocio mucho más grande que la informática. 

El problema de la insatisfacción sexual de los europeos occidentales puede resumirse en el hecho de que son incapaces de dar placer, lo que en el fondo es una cuestión de individualismo y egoísmo:


 “ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y debilidad” (p. 216)

La tesis es escandalosa: es imposible tener buen sexo en Europa. Si uno quiere tener sexo, dice Michel, la opción son los países del Tercer Mundo. En efecto, el europeo está atrapado en un discurso individualista, egoísta, y teme a toda clase de alienación. Si es verdad que el buen sexo solo puede darse en condiciones de entrega, desdoblamiento, debilidad y dependencia, pues entonces los europeos tienen un serieo problema. Y si los problemas sexuales se convierten en histeria, como decía Freud, pues ya se imaginarán ustedes lo que sigue.

La actitud de Michel y Valèrie hacia el sexo es de entrega total. Uno pensaría que son unos disolutos pecadores, pero si se lo ve desde el punto de vista del abandono de sí mismo, el sexo puede llegar a niveles tántricos, espirituales. Hay una escena que ilustra muy bien este punto. Después de haber estado trabajando todo el sábado con Jean-Yves en el proyecto Eldorador Afrodita, Michel y Valèrie deciden relajarse un poco y van al club swinger 2+2. Ahí conocen a una simpática pareja de negros, él un baterista, y ella una enfermera. Sin entrar en detalles del acto sexual, el punto es que Michel tiene una experiencia tan intensamente placentera que rebasa el ámbito meramente corporal para situarse en un estrato sublime, casi espiritual. Michel siente tanto placer que sale de sí y casi desmaya. De esto trata la novela: de esta forma de placer, y de la imposibilidad de los europeos de acceder a ella, y de ahí lo gris, aburrido y ordinario de la civilización occidental. (La escena se encuentra entre las p.p. 226 y 228).

Hay otro tema en la novela que no podemos dejar atrás. Por un lado tenemos a los europeos necesitados del sexo que solo el tercer mundo les puede brindar. Por otro lado tenemos a Tailandia, paraíso sexual, en donde hay fundamentalistas islámicos. ¿Cómo es posible el entendimiento entre dos civilizaciones, una profundamente hedonista y egoísta, y otra totalmente fundamental e intransigente? No hay posible entendimiento. Todo lo que se diga será en vano. Y esto ya se sabe. Lo interesante de la novela es que nos lo expone desde la perspectiva del sexo. En el momento en que Valèrie –estando en Tailandia con Michel y Jean-Yves, celebrando el éxito de Eldorador Afrodita y recibiendo el año nuevo– se cuestiona sensatamente si quiere continuar su vida de empleada con jornadas de 90 horas semanales y un montón de euros, a cambio de perder su libertad y estar condenada a una vida gris e intrascendente, o bien ocupar la gerencia de Eldorador en Tailandia con un sueldo mucho menor –cosa que Jean-Yves desde luego le cumplirá–, y aspirar a una vida más tranquila, en medio de un paraíso tropical, llena de sol, una existencia verdaderamente placentera; decía que en el momento en que Valèrie se cuestiona esto, sucede el terrible atentado al que ya me he referido, que aniquila en un abrir y cerrar de ojos el proyecto, acaba con la carrera de Jean-Yves y, final triste, señoras y señores, acaba con la vida de Valèrie. Final brutal: no solo el europeo está condenado a su aburrida y estúpida civilización y a vivir por siempre insatisfecho en lo sexual, sino que tampoco es posible el entendimiento entre dos esferas culturales antagónicas, una hedonista y otra bestialmente fundamentalista. Es verdad que el autor odia al Islam. Vale la pena leer el manifiesto anti-islam que aparece en las páginas 222 y 223. Pero también es verdad que el autor desprecia occidente. Hacia el final del libro, esta frase resume el espíritu de la novela:


“Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo sé que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo”. (p. 315)

En fin, es una gran novela. Hay que leer entre líneas. Hay mucho, mucho que descubrir. Es una de esas obras que pueden leerse varias veces. Yo diría que es imprescindible.

Venus ReX
Houellebecq

jueves, 9 de febrero de 2012

No. 72 La Venus de Boticcelli. El primer desnudo a gran escala desde los romanos.

Título: La Nascita di Venere (El Nacimiento de Venus)
Autor: Sandro Botticelli (italiano; n. 1444, Florencia; m. 1510, Florencia)
Fecha de composición: circa 1484.
Técnica: Óleo sobre tabla.
Dimensiones aproximadas: 179 x 280 cm.
Lugar de residencia: Gli Uffizi, Firenze.


Queridos amigos:

Para no quitar el dedo del renglón, he decidido continuar con el tema de la divinidad femenina en el arte. Qué mejor oportunidad para introducir un icono del arte occidental. No se trata de una Madonna, sino de una Venus.

El nacimiento de Venus, por Sandro Botticelli


Quienes saben del tema, saben que Venus, mi hermosa y conspicua tocaya, representa simbólicamente mucho más de lo que uno estaría dispuesto a admitir. De hecho, esta figura pagana recorre un camino paralelo al de la Madonna (no me refiero a la chica material), en el arte renacentista. Y la razón es hasta cierto punto simple. En los tiempos de Botticelli, Florencia atravesaba un período muy rico en ideas. Se desarrolló el neo-platonismo, y, según sus postulados, la belleza ideal podía representarse tanto con una Madonna como con una Venus.

Este cuadro es el primer desnudo a gran escala desde los tiempos del arte pagano de Roma. Estamos hablando de más de mil años sin desnudos significativos en el arte occidental, lo cual es una monstruosa calamidad. Por fortuna Botticelli apareció, patrocinado por los Medici (el Magnífico sabía muy bien cómo gastar su dinero), para remediar la situación y dar un giro al arte. El cuadro que ahora tienen ante su vista es uno de los iconos del arte universal. Imposible no conocerlo. Muestra a la diosa Venus en el momento de su nacimiento, en Chipre. La leyenda dice que la diosa salió de la espuma del mar con todo su esplendor (la espuma proviene del semen y de la sangre de Urano, el dios castrado por su propio hijo; ese hijo es Cronos... etcétera...).

Retrato de Simonetta, por Botticelli
La belleza de esta mujer no tiene parangón. He leído versiones según las cuales una tal Simonetta Vespucci sirvió de modelo en este y otros cuadros de Botticelli (la belleza ideal: Simonetta puede ser vista como Venus o como María). Era esposa de un famoso médico florentino relacionado con los Medici y los neo-platónicos. Sé de fuentes que dicen que el hermano menor del Magnífico fue amante de esta Simonetta. También he visto algunas versiones que dicen que el mismo Sandro Botticelli fue amante de esta mujer. Lo que no cabe duda es que Simonetta era la mujer más bella de Florencia, tanto que Botticelli la hizo inmortal, como si se tratase de una idea platónica, al ponerla en el lienzo. Efectivamente, Simonetta se ha constituido como el paradigma de la belleza en occidente. ¡Wow! Por desgracia murió muy joven, de una semana a otra, víctima de una infección. Estoy seguro que si la hubiera conocido Savonarola –que por aquel entonces comenzaba a causar dolores de cabeza en Firenze– las cosas con este dominico hubieran sido totalmente diferentes. Pero esa es otra historia.

El temible Savonarola. Tan temible que hizo temblar al mismísimo papa Borgia.

Así que ya saben, queridos amigos: el icono de la belleza occidental no es Kate Moss, ni Bar Rafaeli, ni Heidi Klum, ni Naomi Campbell, ni ninguna de esa pléyade de mujeres delgadas; el icono de la belleza occidental es la Venus de Botticelli.


Kate Moss

En fin, una obra espléndida.
Reciban todos un muy caluroso abrazo.
VENUS ReX


jueves, 2 de febrero de 2012

Libros No. 2 Deseo, de Aline Pettersson




Deseo
Aline Pettersson
Alfaguara, 119 p.
Calificación: 


 No pierdas tu tiempo
 Solo para fans del autor o interesados en el tema
 Vale la pena leerlo
 Muy recomendable
 Absolutamente imprescindible

Deseo es una novela de la mexicana Aline Pettersson publicada en 2011. El tema de la novela es, valga la redundancia, el deseo. Me refiero, claro está, a la pulsión sexual. Narra la historia erótica de una mujer, desde que es pequeña hasta que muere, ya anciana.

El personaje central es Leonora. Los demás personajes tienen una función transeúnte durante los 21 relatos, casi todos ellos eróticos, que componen la novela, y en la mayoría de los casos ni siquiera sabemos sus nombres.

La virtud de esta obra es que puede leerse como novela, o bien como una serie de cuentos. Y en este último caso, uno podría empezar la lectura no necesariamente al principio, sino en cualquier capítulo. Cualquiera de los cuentos tiene independencia y autonomía, y puede leerse por simple placer. Es notable cómo, a través de relatos que podrían ser inconexos, la autora logra un notable mosaico de la vida de Leonora.

http://vi.sualize.us/view/269f872437faafe1e0153bab7ccf1dc9/
He leído obras que pretenden ser una biografía sexual, digámoslo así, como “La vida sexual de Catherine M” (Catherine Millet, Anagrama), o Fanny Hill (John Cleland, Tusquets), pero una que abarque toda la vida del personaje, e incluso su muerte, creo que solo esta. En el primer capítulo (Bendita sea tu pureza), por ejemplo, la niña Leonora, conducida por esa pulsión sexual que estará presente en todos los cuentos –es decir, en toda su vida–, no resiste asomarse “para espiar por debajo del rojo faldón que cubre el cuerpo herido de Jesús.” Y desde la tierna infancia (Bendita sea tu pureza), el recorrido es prodigioso: la primera regla (La gitana), la infatuación provocada por un profesor en la escuela (La buena suerte), la atracción hacia una adolescente de su propio sexo (El piano), el primer enamoramiento, los primeros besos y las primeras caricias (El lucero de la tarde), los primeros tocamientos en los pezones (Sucedió en el bosque), la primera relación sexual (La lluvia), un poco de sexo oral (El mar), hasta su vida adulta, ya casada, y luego el declive. 
 
Destaca, a medio libro “La obertura”, en donde la autora juega con el nombre de la protagonista que coincide con el célebre personaje de la ópera Fidelio, de Beethoven. En este relato nos damos cuenta que Leonora es una mujer casada. 


Inmediatamente sigue el ralato que, en mi opinión es el mejor logrado de todo el libro: “La flauta dulce”. Creo que por este único relato vale la pena esta novela. Se trata de un Ménage à trois. Leonora y su esposo conocen a un matrimonio y se empiezan a frecuentar. Entre ellos nace la amistad y de ahí se van dando los pasos para que, una noche, en ausencia del amigo, Leonora y su esposo compartan una increíble experiencia sexual con su amiga que termina en una explícita y descarnada narración de las dos mujeres haciendo el sexo oral al hombre y recibiendo el semen en sus bocas.


A partir de ahí, el libro comienza a debilitarse. Y es normal, porque la protagonista se convertirá en una mujer madura y luego en una anciana. Tarde o temprano su ritmo tenía que menguar. Sin embargo, la protagonista se da las ocasiones para incrementar su repertorio de proezas, como la relación sexual con su sobrino (El descubrimiento), desde luego varios años más joven que ella, o el breve encuentro que sostiene con un extraño (El elevador), o bien la cita que tiene con un hombre que la lleva a una exposición de arte (La exposición). 

El declive se percibe claramente a partir de “La lámpara”. Leonora ya no es la misma. Su marido ya no la prende, no enciende en ella el fuego de la pasión. De repente su vida íntima comienza a ser aburrida: “¿Dónde ha quedado ese placer inaudito de antes?” –se pregunta.

Hacia el final de libro encontramos a una Leonora cansada que recuerda el pasado (El lecho) y se da cuenta que aquel tiempo no volverá. Se sabe cercana a la muerte, pero ello no le impide sostener alguna relación senil (La mano). Finalmente, nuestra entrañable Leonora muere en la tranquilidad de su cama, en medio de sus familiares (El mar y los bosques).

Relato que pretende ser precioso, lo cual se logra durante buena parte de la obra, Deseo es una novela que aborda la vida de una mujer desde la única perspectiva del erotismo. Vale la pena leerla. Se lee ágilmente y, como es breve, basta una tarde para devorarla. La autora es una verdadera maestra de la escritura y sabe cómo impregnar de poesía su narrativa.

Venus Rey Jr (Venus Rex)

Aline Pettersson

lunes, 30 de enero de 2012

No. 71 La Última Cena, de Leonardo. ¿Qué hace una mujer ahí?

Título: La Última Cena. 
Autor: Leonardo da Vinci (italiano. 1452-1519)
Fecha de composición: circa 1499.
Dimensiones: 460 x 880 cm.
Técnica: Fresco.
Residencia: Santa Maria delle Grazie, Milán.

Leonardo da Vinci nos plantea un problema; un problema que ha causado la indignación de muchos y el desconcierto de otros. Ustedes saben que Leonardo era amante de los enigmas, de los mensajes cifrados, de la encriptación y de todo aquello que sonara a misterio. "La Última Cena", una de sus obras maestras, es prueba de ello. Veamos:

El Evangelio de Mateo (26, 20-29) da cuenta de la "Última Cena", y según esta versión, Jesús se reunió con los "doce" (desde luego, se refiere a los doce apóstoles). Si siguiéramos al pie de la letra este Evangelio, concluiríamos que en ningún momento estuvo presente mujer alguna, y puesto que en estos pasajes se instituye la Eucaristía, cualquiera podría decir que la Mujer quedó al margen de ella –después de todo, el sacerdocio en nuestra religión es una cuestión de hombres–, que su papel sólo sería pasivo, receptivo. He aquí una pista del Enigma: la Mujer puede simbolizarse con un cáliz. Un cáliz es un recipiente; un recipiente "recibe" o es "receptor".

Por su parte, el Evangelio de Marcos (14, 17-25) también se refiere a los "doce", de modo que este escritor, que no vivió en tiempos de Jesús, tampoco concibió la idea de que una mujer pudiera estar presente en la Cena. Lo mismo puede decirse del Evangelio de Lucas (22, 14-38): sólo los apóstoles estuvieron presentes.

El Evangelio de Juan se refiere a la “Cena” en dos extensos capítulos (13 y 14). Este fue el último de los Evangelios en ser compuesto, alrededor del año 100 o 110 de nuestra era, y por tanto mucho tiempo después de la muerte del Redentor. Como los anteriores, el autor de este Evangelio da por descontado que hubiera alguna mujer en la Cena. Sólo los apóstoles.

En suma: de acuerdo con las escrituras, la Última Cena fue presidida por Jesús, y a ella asistieron los doce apóstoles. De acuerdo con la iconografía tradicional, en la cena aparecen siempre trece personajes: uno al centro, y seis a cada lado; es decir, Cristo y los Doce Apóstoles. Pero el gran Leonardo nos plantea las cosas de una manera distinta. He aquí el enigma. Observen el cuadro. ¿Listos? 



Ahora que alguien me explique qué hace una mujer al lado de Jesús en esta "Cena" ¡Al lado de Jesús, co-presidiendo! A Pedro para nada le agrada la intromisión; si por él fuera, esa mujer no tendría por qué aparecer en el cuadro. Observen su mano: es un gesto amenazador, como si quisiera degollarla, casi como si le dijese: "ahora estás protegida, pero deja que se vaya el Maestro y no te la vas a acabar". Una mano empuña una daga, pero no corresponde a ninguno de los personajes. ¿De dónde sale esa mano y qué significa?

La sola idea de ver a una mujer, más aún si se trata de María Magdalena, en la “Cena”, es una locura para la Iglesia. ¿Machismo? Odio decirlo, pero parece que sí. En honor a la verdad, debo dejar algo muy claro: examiné en la obra de Zöllner, publicada por la muy prestigiada editorial Taschen, una obra excelente que, hoy por hoy, es la más seria y autorizada sobre el genio italiano (para que se den una idea, este libro sobre Leonardo pesa alrededor de 10 kilos); pues bien, revisé con todo cuidado los comentarios y los análisis de Zöllner sobre “La última cena”, y resulta que la que parece mujer al lado de Cristo, es el pequeño apóstol Juan. En ningún momento se sugiere que se trate de María Magdalena. En efecto, ha sido una costumbre en las artes europeas que los personajes muy jóvenes sean representados con características femeninas (o de plano por mujeres; todavía a fines del XVIII, por ejemplo, el papel de Cherubino en Las Bodas de Fígaro, de Mozart, fue escrito para ser actuado por una soprano). Así pues, el libro de Brown (El Código da Vinci), como ya sabíamos todos, es mera ficción, y como tal, inocuo. Reaccionar con escándalo, como en su momento lo hicieron, ante un libro es la mejor forma de publicitarlo.
En fin, los invito a reflexionar sobre este cuadro. Es sumamente interesante.


Reciban todos un abrazo.

VENUS ReX

martes, 17 de enero de 2012

Libros No. 1 Lo bello y lo triste, de Kawabata.

Lo bello y lo triste
Yasunari Kawabata
Emecé, 202 p.
Calificación:  


 No pierdas tu tiempo
 Solo para fans del autor o interesados en el tema
 Vale la pena leerlo
 Muy recomendable
 Absolutamente imprescindible


Lo bello y lo triste es una novela de Yasunari Kawabata escrita en 1964. Como sabemos, Kawabata recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968 y unos años después, en el apogeo de su fama, se quitó la vida sin dejar explicación alguna.

Los temas de esta novela son el amor, los celos, la desesperación, la obsesión y, principalmente, la venganza.

Los personajes son:
  • Oki Toshio, famoso escritor.
  • Otoko Ueno, pintora en ascenso, radicada en Kyoto, ex-amante de Oki.
  • Keiko, discípula y amante de Otoko.
  • Fumiko, esposa de Oki.
  • Taichiro, hijo de Oki y Fumiko

Oki desea ir a Kyoto y escuchar las campanas de año nuevo en el templo. Sabe que ahí vive Otoko, su antigua amante, y quiere verla. Veintitantos años antes, Otoko, que en aquel entonces tenía dieciséis, concibió un bebé con Oki, que tendría unos treinta. Como era un hombre casado, Oki no asumió ninguna responsabilidad. Por el contrario, se marchó. Otoko perdió al bebé y, en su desesperación, su salud mental quedó arruinada, razón por la cual tuvo que pasar una temporada en el psiquiátrico.

Otoko y su madre buscaron una nueva vida en Kyoto. Con el paso de los años, la joven se inició en la pintura y llegó a consolidarse como una respetada artista. Más tarde apareció Keiko, chica poseedora de una belleza extraordinaria, y se convirtió en discípula y amante de Otoko. En el momento en que vuelve a aparecer Oki, ya es un hombre maduro que rebasa los cincuenta y Otoko es una bellísima mujer de treinta y nueve que tiene la obsesión de pintar un cuadro, en recuerdo de su bebé perdido, que llevará por título La ascensión de un infante.

Muestra de la caligrafía de Kawabata

La relación entre maestra y discípula es inquietante. La joven está dispuesta a hacer lo que sea por su maestra. La venganza que emprenderá ¿será por celos o por justicia? Se valdrá del amor y de la seducción para manipular a Oki y a Taichiro. En pleno acto sexual con Oki, Keiko gritará el nombre de Otoko. En todo caso, quien debe estar celosa es Otoko, según Otoko misma sugiere. La pintora no está de acuerdo con la venganza y pide a Keiko que se abstenga. Pero el drama ya no tiene regreso. Al estilo de una tragedia griega a la japonesa, ni Otoko ni Oki, ni Fumiko ni Taichiro, serán capaces de detener los acontecimientos. Keiko está obsesionada con vengar a Otoko y no descansará hasta conseguirlo.
¿Obedece esta venganza a un legítimo deseo de reivindicación, o bien al hecho de que Otoko sigue enamorada, después de tantos años, de Oki? ¿Será que Keiko no pude soportar que su amada maestra esté enamorada de un hombre? Más aún, el primer éxito literario de Oki fue la novela Una chica de dieciséis, en donde narra muy fielmente los hechos y las circunstancias de su amor con Otoko. La novela resultó ser un éxito y dio a Oki fama y dinero. Fumiko, su esposa, tuvo que soportar la humillación de transcribir la novela, pero al mismo tiempo se ha beneficiado y vivido de las ganancias económicas que ha producido. Taichiro, que tiene más o menos la misma edad que Keiko, ha tenido una vida cómoda y ha recibido una excelente educación gracias a esas ganancias, y así las cosas, en cierto modo están en deuda con Otoko, a quien, por cierto, Fumiko odia.

Cartel del film francés basado en la novela de Kawabata
Los triángulos amorosos quedan definidos: por un lado, Oki-Otoko-Keiko, y por otro Oki-Taichiro-Keiko. Así como el bebé malogrado fue la inocente víctima de los amores de Oki y Otoko, así Taichiro será el cordero con cuya vida se consumará la venganza: Keiko seduce a Taichiro y lo lleva a un lago. La escena del accidente no es narrada. El lector se entera al final que Keiko está en el hospital, ilesa del accidente, y que son muchos los botes que buscan a Taichiro, quien, seguramente, estará ahogado. La escena final de la novela reúne a todos en torno a Keiko: Fumiko increpa a Otoko y le atribuye la desaparición de Taichiro; Oki de algún modo se sabe ajusticiado. Es el karma: todo en esta vida tiene consecuencias, y nadie tiene el poder de evitarlas.

En el clásico estilo japonés –y Kawabata es un verdadero maestro en esto–, la novela está llena de narraciones poéticas, de evocaciones nítidas y bellas, y de detalles muy sutiles. Las descripciones de Kyoto, de sus jardines y templos, son fantásticas. Hay también un erotismo extraordinario, muy distinto al erotismo occidental que, en ese sentido es más explícito y burdo. El erotismo japonés es muy fino, casi imperceptible, suave, poético: un pie que se revela, un kimono que se ajusta, un pezón, un beso. Las escenas de sexo lésbico son mágicas. Hay metáforas profundas y llenas de sabiduría, como esta, en la que Kawabata explica el tiempo mejor que cualquier filósofo (p. 161):

Kawabata con la actriz Iwashita, en 1963
“El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.”

Y más adelante:

“Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes…”


En fin, Lo bello y lo triste es una novela memorable. En efecto, está llena de belleza y de tristeza.



Reciban todos un fuerte abrazo.
VenuS ReX

miércoles, 11 de enero de 2012

No. 70 Filosofía y Arte. El experimento de Wright.

Título: Experimento con un pájaro en una pompa de aire.

Autor: Joseph Wright of Derby (inglés. n. 1734. m. 1797)

Fecha de composición: 1768.

Dimensiones: 182 x 243 cm.

Técnica: Óleo sobre lienzo.

Residencia: National Gallery, Londres.



Este cuadro de Wright es uno de los más impresionantes que conozco. Tuve el privilegio de verlo “en vivo” en Londres. Todo lo que diga al respecto será poco. Hay que verlo; hay que enfrentarlo; hay que dejarse arrastrar por la experiencia estética.

Este cuadro es mucho más de lo que parece. Además de ser una obra técnicamente perfecta, constituye un compendio de filosofía en donde convergen el espíritu empirista inglés, el racionalismo continental y la teología meridional, todo en un contexto gótico-romántico que exalta la oscuridad y la luz. Parece increíble que todo esto conviva en una sola obra.

Es una tarea imposible dar cuenta de todos los elementos de este cuadro en unas breves líneas, de modo que me limitaré a subrayar sólo algunos aspectos.


Empecemos con el personaje principal: el filósofo natural, denominación que recibían los científicos hasta finales del siglo XVIII. El filósofo toma el papel del Creador, y se erige como el Padre omnipotente que todo lo puede: es el científico como imagen y semejanza de Dios. A través de la ciencia es capaz de revelar los secretos del cosmos y determinar la vida y la muerte. Observen cómo en sus manos una máquina es manipulada. Se trata de una bomba de aire que es capaz de producir el vacío, inventada por el científico alemán Guericke un siglo antes. En la pompa yace un ave a punto de morir, pues el aire ha sido extraído por la máquina. Pero el filósofo tiene en sus manos el poder de la vida: si libera la válvula que sostiene en la mano izquierda, el ave vivirá. ¿Qué reacciones suscita tan terrible poder?








Hay un niño junto a la ventana, en la esquina derecha del cuadro, que se dispone a bajar la jaula. El niño sabe que el ave vivirá, y por eso baja la jaula, para guardar al animal. La salvación es inminente. Pero hay dos niñas compungidas. Una de plano llora y la otra observa al ave con una mueca de espanto. Se abrazan aterrorizadas, y su padre las consuela. Se trata del consuelo de la razón, que ante el sentimiento deviene impotente. Parece que el pintor nos dice: “la razón nada consuela, a pesar de que todo lo puede”; y el padre muestra una expresión en el rostro, como si dijese: “hija mía, todo tiene una explicación...” Pero las niñas no entienden de razones. Representan, quizá, el espíritu romántico que se siente desvalido ante la naturaleza, y olvidado por el dios que habitó Europa durante siglos.



Hay un hombre canoso, a la derecha, que observa embelesado un recipiente en el centro de la mesa. Ahí se puede observar un cráneo humano. Justo detrás del cráneo hay una vela, principal fuente luminosa de la composición. El hombre parece meditar sobre la muerte. La luz detrás de la vela parece simbolizar a la razón, verdadera fuente de todo conocimiento, que mora más allá de todo prejuicio o creencia. Este hombre no observa el experimento del filósofo, como si la ciencia no le dijese nada. Por el contrario, se desentiende del experimento, en una reacción que revela sus convicciones sobre las limitaciones de la ciencia y el progreso. Este hombre bien podría representar a los filósofos continentales, especialmente los alemanes.

Hay otro hombre, sentado a la izquierda. Este hombre parece sereno. Observa el experimento con interés, pero sin entusiasmo, como si fuese la cosa más natural y obvia. Un verdadero scholar inglés, diríamos. Su mirada podría estar reprochando los consuelos racionalistas del padre hacia sus hijas. Quizá este hombre está interpretando el papel escéptico y sarcástico de Hume. Atrás de él hay un niño que observa con fascinación la pompa de aire. Es el joven científico llamado a sustituir algún día al viejo filósofo. Aunque Darwin no había nacido en aquellos días, este niño admirado me remite a él. No es coincidencia que Erasmo Darwin, abuelo de Charles, se maravillara ante este cuadro y dijera: “hay que alistar a la imaginación bajo el estandarte de la ciencia”, desiderátum que, desde luego, se vio realizado en su prodigioso nieto. El mismo Charles fue un ferviente admirador de esta obra.





Finalmente, hay dos personajes más: se trata de dos amantes. Ellos se regocijan contemplándose uno al otro. Para ellos nada importa la ciencia, ni la filosofía, ni las meditaciones sobre la vida y la muerte; el universo de los amantes se circunscribe a los dominios del amor. (Por cierto, la chica me recuerda un poco el rostro de Keanu Reeves).








La verdadera luz, parece decirnos el pintor, no está en el cielo, sino aquí, en la ciencia. Y por eso la luna aparece tímida. La principal fuente de luz es la vela detrás del cráneo. Se contrapone así, y de algún modo se resuelve, la tensión entre el dogma, representado por la luna, y la razón, representada por la luz. 



Un cuadro maravilloso. Ojalá sean tan afortunados como un servidor, para vivir en carne propia la maravillosa experiencia estética que ofrece esta inmortal creación.
Reciban todos un abrazo.

VENUS ReX

martes, 3 de enero de 2012

No. 69 El Beso, de Klimt. Mi número 69 coincide con el pintor más erótico de la historia!!!

Título: El Beso.

Autor: Gustav Klimt (austriaco. n. Viena, 1862. m. Viena, 1918)

Fecha de composición: 1908.

Dimensiones: 180 x 180 cm.

Técnica: Óleo sobre lienzo.

Residencia: Kunsthistorisches Museum, Viena.


 Para muchos (entre ellos me encuentro yo), Gustav Klimt podría ser el pintor más erótico de la historia (erótico, que no pornográfico ni vulgar). Desde que conocí a este artista, allá en mis tempranos veintes, quedé prendado por su obra. Algunos de sus cuadros harían suspirar hasta a los más reservados en estos menesteres. Pero no les estoy enviando una obra que pudiera herir alguna susceptibilidad, sino una que fascinará a todos. Se trata de “El Beso”.

En esta obra se aprecian las artes decorativas del autor. En efecto, como miembro de la Secesión Vienesa, Klimt es uno de los fundadores del Art Nouveau. Este estilo, como ustedes saben, se inclina más hacia las artes decorativas, lo cual se manifiesta en los patrones de las vestimentas, las flores y el fondo. No obstante, cualquier manifestación que aspire a la dimensión erótica no debe restringirse ni a lo meramente funcional ni a lo estrictamente decorativo; todo lo contrario: debe trascender lo corporal para sublimarse en lo espiritual. Esta es la especialidad de Gustav Klimt.

Observen cómo el dorado confiere a los amantes una atmósfera mística, de ensueño. Los amantes son una entidad; no dos personas, sino dos-hechos-Uno. Eso es precisamente el éxtasis amatorio. La mujer ha abandonado la realidad mundana y se ha entregado completamente a su amante. Él, por su parte, concentra toda su energía vital en ella. Son una isla resplandeciente en medio del cosmos. Este abrazo y este beso devienen absoluto fulfillment. Convendrán conmigo en que es imposible concebir mayor erotismo. (Aquí cabría aclarar que lo que los medios –principalmente el cine, y algunos programas de TV que nos muestran un erotismo light, quasi humorista y caricaturesco– nos presentan como erótico, no son más que calenturas falaces, o, en el peor de los casos, vulgar y grotesca pornografía.)

 
Ojalá disfruten este maravilloso cuadro. 

Y como encore, un dibujo de este gran maestro, que prueba su hipererotismo, y un bodypainting basado en este famosísimo cuadro.  


http://faithfulartist.deviantart.com/art/kiss-after-klimt-107518165


Reciban todos un abrazo.

VENUS ReX

martes, 13 de diciembre de 2011

No. 68 Éxtasis de Santa Teresa. Quien ha hecho el amor, sabrá interpretar el detalle del pie.

 Título: Éxtasis de Santa Teresa.
Autor: Gianlorenzo Bernini  (italiano. n. Nápoles, 1598; m. Roma, 1680)


Fecha de composición: circa 1647.


Dimensiones: 350 cm de altura.


Material: mármol.


Residencia: Santa Maria della Vittoria, Roma.



Amigos:

Gianlorenzo Bernini, viejo conocido nuestro, es uno de los creadores más extraordinarios de todos los tiempos. Un verdadero genio. No sólo un maravilloso pintor, sino además arquitecto, diseñador, escultor, dramaturgo, músico, ingeniero. Increíble. Sus logros en las artes plásticas son tan sublimes y excelsos que difícilmente encontrarían parangón.

Hace algún tiempo, compartí con ustedes “Plutón y Proserpina” (número 21) y la “Beata Ludovica” (número 10). Recuerdo que estas obras causaron gran placer y admiración. En ellas la piedra cobra vida. No faltó quien me sugiriera hablar del “Éxtasis de Santa Teresa”, para muchos la obra maestra de Bernini. En efecto, ante obras de arte como ésta, no podemos más que aceptar, con sumo placer, que la actividad creadora de los artistas es lo más parecido, desde el nivel estético, al acto creador de Dios. En mi opinión, los grandes artistas de la humanidad son quienes mejor han emulado al Todopoderoso. La obra de Bernini es una muestra de ello. Aquí las palabras sobran. Basta mirar la obra para experimentar un “éxtasis”, si no religioso como el de Santa Teresa, por lo menos estético. Una experiencia sobrecogedora, sin dudas. El espectador tendría que ser de piedra para no dejarse envolver por esta maravilla, para no caer rendido, extasiado, exhausto, ante tanta belleza y perfección.




Quien ha hecho el amor sabrá interpretar este detalle del pie
Hay una anécdota documentada, visible en el Oxford Concise Dictionary of Art & Artists, según la cual Bernini era muy amigo del cardenal Maffeo Barberini. Este príncipe de la iglesia tenía aficiones y gustos exquisitos. Patrocinaba artistas y coleccionaba obras. Pues bien, Maffeo Barberini fue electo papa y subió al trono vaticano con el nombre de Urbano VIII. Apenas ascendió al trono, mandó llamar a su amigo Bernini y le dijo: “es una gran fortuna para ti, Gianlorenzo, verme como Papa; pero mi suerte es mucho mayor de tenerte en mi pontificado.” Las palabras del papa son más que elocuentes. En estos casos es cuando uno está dispuesto a creer en la famosa “infalibilidad”. En efecto, la suerte de Urbano VIII fue mucho mejor que la de Gianlorenzo.

La obra que les presento muestra a Santa Teresa de Ávila, la gran mística española, en el momento del Éxtasis Divino. Un ángel se dispone a cruzarle el corazón con una flecha. El erotismo del éxtasis es manifiesto. De hecho el lenguaje de los místicos se aproxima mucho al lenguaje erótico:

“Un día se me apareció un ángel singularmente hermoso. En su mano vi una larga lanza, me la clavó varias veces en el corazón, de forma que entró en mi interior. Tan real era el dolor que suspiré varias veces en voz alta y sin embargo era indescriptiblemente dulce, de forma que no podía desear verme librada de ello. Ninguna alegría de la vida puede proporcionar mayor satisfacción. Cuando el ángel sacó su lanza, permaneció en mí un gran amor a Dios.”

Increíble. Los rayos de luz que envuelven a Teresa y al ángel me hacen recordar la lluvia de oro a través de la cual Zeus se unió a Danae. No es posible evitar las implicaciones eróticas y místicas de esto. Mejor dejo de escribir para no ser víctima de la emoción.


Y para terminar no puede faltar el encore: un detalle de Pluto y Proserpina (número 21 de este blog) y una canción que que escribí y grabé hace algún tiempo. Se llama Perséfone, que es el griego de Proserpina. Espero que la disfruten.


Y la canción: http://www.youtube.com/watch?v=8Ce_fOy7TX0&feature=g-upl

Un saludos a todos.

VENUS ReX

martes, 6 de diciembre de 2011

No. 67 Gótico Americano: Madonna, Clinton, Lewinsky, Casa Blanca, Puritanismo.

Título: Gótico Americano (American Gothic).

Autor: Grant Wood  (estadounidense. 1891-1942)

Fecha de composición: 1930.

Dimensiones: 74.3 x 62.4 cm.

Técnica: Óleo sobre Tabla.

Residencia: Art Institute of Chicago.

Estimados amigos:

Tal vez el cuadro más famoso realizado por un artista norteamericano sea este que ahora les presento: Gótico Americano, de Grant Wood.



Representante del movimiento regionalista, nuestro pintor se opuso a las vanguardias europeas. Nada de surrealismos, cubismos, fauvismos, expresionismos, ni ismos semejantes; nada de abstracciones ni de rarezas. Como buen midwestern, Wood compartía la simplicidad y la austeridad puritanas de su natal Iowa. El regionalismo de Wood da cuenta de la vida rural del centro de los Estados Unidos, en el más franco y directo estilo americano.

En American Gothic, Wood recrea la técnica del renacimiento alemán. Se oponía a las vanguardias europeas, pero admiraba el gótico y el renacimiento del norte. En sus visitas a Europa, conoció la obra de los grandes pintores renacentistas de Alemania y los Países Bajos. Su pintura quedó marcada por estas tendencias.

Madonna
Si observamos bien el cuadro, encontraremos en la ventana superior de la casa, el típico arco gótico. La mujer (sirvió de modelo la hermana del pintor), cubierta hasta el cuello, lleva en su vestido el mismo patrón de la ventana; representa la pureza y la mesura de la mujer norteamericana, por lo menos en aquella época, y según el punto de vista de los sectores más conservadores (Angelina Jolie y Madonna objetarían tal visión de la virtud americana).

El hombre (sirvió de modelo el dentista de la localidad) lleva un tridente, símbolo del trabajo. Si observamos bien el traje de mezclilla, nos daremos cuenta que el patrón geométrico del tridente es visible en el pecho. Con ello Wood quiere dejar muy claro que la laboriosidad debe ser la virtud masculina por excelencia. El rostro del hombre es grave, severo; no caben ligerezas. Es el hombre del midwest: austero, trabajador y devoto. Y muy curioso resulta que esta singular pareja esté al frente de una ¡Casa Blanca! (sirvió de modelo la casa del pintor en Eldon, Iowa): la Casa [Blanca o de cualquier color] debe ser el santuario de las tradiciones que hicieron de los Estados Unidos la nación más próspera y poderosa del mundo (Bill Clinton no se tomó muy en serio este papel; y si no me creen, pregunten a Mónica Lewinsky). En fin, las connotaciones políticas del cuadro resultan evidentes.
Lewinsky y Clinton


Pero, ¿qué decía el propio Wood sobre sus obras? Veamos:

“In making these paintings, as you may have guessed, I had in mind something which I hope to convey to a fairly wide audience in America - the picture of a country rich in the arts of peace [me parece que Bush no entendió este punto]; a homely lovable nation, infinitely worth any sacrifice necessary to its preservation.

¡Vaya nacionalismo! Sin comentarios.

Los Arnolfini
Wood saltó a la fama cuando exhibió American Gothic en Chicago. Desde entonces es uno de los artistas norteamericanos más famosos y queridos. Este cuadro es la versión americana de los Esposos Arnolfini, de Van Eyck (Galería Nacional, Londres). No han faltado quienes ven en American Gothic una burla de las tradiciones puritanas. Wood siempre negó tales acusaciones. De cualquier forma, el cuadro presenta muchos elementos que podrían servir de parodia. Pero ello implicaría distorsionar la intención del artista.
Cualquier conocimiento de los Estados Unidos quedaría incompleto sin el Gótico Americano. Ojalá lo disfruten.

Reciban un abrazo.
VENUS ReX