Escena del film "Clash of the Titans": Dánae amamanta a Perseo.
Muchos conocen el film
“Clash of Titans”, de 1981, protagonizado por sir Lawrence Olivier. Y si no
están familiarizados con esta película, tal vez sí conozcan el remake que en 2010 realizó la Warner Bros.
Sir Lawrence Olivier como Zeus
El tema es
el mito de Perseo: el rey de Argos es informado por el oráculo que el hijo de
su hija le matará y entonces no tiene más remedio que encerrar a Dánae, su
hija, en un calabozo o torre de bronce. La mujer es hermosa –su tío alguna vez
yació con ella– y Zeus, muy sensible a la belleza, no puede resistir la
tentación. Para unirse sexualmente a ella, el dios se convierte en lluvia de
oro, la penetra y juntos conciben a Perseo. Al nacer, el rey, temeroso del
oráculo y creyendo que el padre es su hermano y no Zeus, introduce a su hija y
a su nieto en una arca y los lanza al mar. Claro, Zeus no podría dejar
abandonado a su hijo y a su amante, así que pide a Poseidón, dios del mar, que
los conduzca a tierra sanos y salvos. Y el mito sigue y, como es normal, el
oráculo se cumple.
Lo que me interesa
destacar es el momento en que Zeus se une con Dánae: la lluvia de oro. El
erotismo es muy potente y explícito. ¿Por qué se ha convertido el dios en
lluvia de oro? ¿Tiene esto alguna connotación que deba leerse entre líneas?
En los albores de la
civilización griega existió un ritual a través del cual había una unión
simbólica entre el sol y la luna. Este ritual debió practicarse con la unión
sexual de un hombre, que representaba al sol, y una mujer, que representaría a
la luna. De esta unión nacía el año nuevo. Este ritual seguramente persistió y
se fue incorporado en el mito de Perseo: Zeus se convierte en la lluvia de oro,
es decir, el sol, y fecunda a la luna, Dánae.
El momento que pinta
Gustav Klimt (fundador de la Secesión vienesa) es el más intenso. Si observan
con atención, la mujer está en total éxtasis: su pezón está erecto, su rostro
revela arrobamiento y los dedos están contorsionados a causa de las sensaciones,
todo ello en el momento en que la lluvia de oro, torrente líquido que contiene
la semilla de la vida –observen los motivos blancos–, se vierte y llena su
sexo.
Dicho en otras palabras, Klimt nos regala ese raro momento en donde los
dos participantes de la relación sexual coinciden en la culminación: él
eyaculando y ella experimentando un tremendo orgasmo, instante único de amor y
de placer que los hace Uno y los aproxima a la divinidad. Klimt es un verdadero
maestro del erotismo.
Y ya ni hablar de las posibles
connotaciones urinarias –golden rain, golden shower– de las que, sin lugar a dudas, el pintor
vienés tendría conocimiento. Pero esto ya es especulación.
Los invito a que
disfruten esta magnífica obra de arte.
Mujer rusa en las tradicionales inmersiones invernales
Sitio de Leningrado
Mucho se ha comentado sobre el efecto
que tuvo el frío en los inviernos de 1812/13 y 1941/42 para arruinar las
invasiones a Rusia por parte de Napoleón y de Hitler. Y es verdad: el
frío fue el principal aliado ruso
y un mortífero enemigo de los invasores. Pero además de esto, hay que
agregar, en el caso de la invasión nazi, la extrema pobreza de juicio de
Hitler.
Hanns Hörbiger
Según la extravagante y totalmente desatinada doctrina del
pseudo-científico austriaco Hanns Hörbiger, existían ciclos o eras
lunares, y el universo entero podía explicarse en términos de una lucha
epopéyica entre el fuego y el hielo. También habló sobre la superioridad
aria y vaticinó que Hitler inauguraría la nueva era de los súper
hombres. La censura nazi –Hitler, Goebbels, Himmler y los principales
jefes nazis se creían estos sinsentidos– promovió en las universidades
la “ciencia horbigeriana”, una ciencia aria, pura, incorrupta, superior,
y la confrontó con la ciencia liberal judía, a la que consideraba
decadente, corrupta, falsa y equivocada. Los “científicos” horbigerianos
anunciaron, sin ningún fundamento, que el invierno de 1941/42 sería
especialmente benigno, “porque la era del fuego estaba por comenzar”.
Hitler, que se creía ciegamente esta epopeya de la lucha entre el hielo y
el fuego, se vio a sí mismo como aquel que inauguraría el nuevo ciclo:
el ejército nazi incendiaría a Rusia entera. Sin ningún fundamento
Hitler creyó en el pronóstico de un suave invierno. La historia la
sabemos: la invasión de Rusia fue el inicio del fin. Ahí se decidió la
guerra en favor de los aliados.
Soldados nazis a las afueras de Kiev
Nazis en la URSS
Pauwels y Bergier refieren en “Les
matins des magiciens”, libro de culto de los años 60, una extraña
ceremonia realizada a principios de la primavera del 42 por miembros de
la SS en la cumbre del monte Elbruz, montaña sagrada de los arios: los
SS plantaron la bandera de la cruz gamada según el antiguo rito de la
Orden Negra, y supuestamente ello sería el principio de la nueva era. “A
partir de entonces –explican Pauwels y Bergier-, las estaciones
obedecerían y el fuego vencería al hielo por muchos milenios.”
Soldados nazis se rinden a los soviéticos
Fue la ciencia judía liberal la que finalmente se impuso y ganó la guerra. Y qué bueno que así fue. Reciban todos un saludo.
Desde el momento en que Michelangelo Bounarroti creó La Piedad, a los veinticuatro años de edad, desde ese momento alcanzó la inmortalidad.
Título:
Pietà
Autor: Michelangelo Bounarroti (italiano; n. 1475 – m. en 1564)
Fecha de creación: 1498-99
Dimensiones: 174 x 195 cm
Material: mármol
Lugar de residencia: San Pedro, Vaticano
Fotograma del film de Mel Gibson
Estimados amigos:
“La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson, puso al Redentor como la figura del
momento en los medios de comunicación. Como creyente que soy, esta idea no deja
de tener cierta dosis de ironía, pues parece que ni lo divino escapa al poder
de la publicidad. A fin de cuentas, todo es cuestión de mercadotecnia. Alguien ganó
mucho dinero con ese film.
El quid es que este fenómeno mediático me da ocasión de compartir con ustedes
una obra escultórica de inusitada belleza. Me refiero a “La Piedad”, de Miguel
Ángel. ¡Qué obra! Imaginen a un joven de veinticuatro años que es capaz de
crear estas maravillas. Francamente impresionante. Esto me hace recordar mis
veinticuatro, hace ya dieciocho años (tengo cuarenta y dos), y me sume en una
reflexión inquietante: si Bounarroti hubiese muerto a los veintiséis, de todos
modos lo consideraríamos uno de los más grandes genios de la humanidad; su
existencia no habría sido en vano. Por el contrario, si yo hubiese muerto a los
veintiséis, lo más probable es que el mundo no hubiera perdido gran cosa. Así
de descarnada es la comparación. Cuando vi esta obra por primera vez en Roma, hace ya mucho tiempo, sufrí el Síndrome de Stendhal.
Beethoven
Claro que los Miguel Ángel o los Leonardos no se dan en “serie”, como si se
tratara de televisiones Samsung. Esta clase de hombres –y me permito
citar palabras del gran Ludwig [por supuesto, van Beethoven]– son néctar
precioso que se brinda generosamente a los mortales, regocijo de la humanidad.
Insisto en que, de todas las actividades humanas, las más grandes y excelsas
son el arte, la filosofía y la ciencia, y de estas tres estoy convencido que la
primera goza de preeminencia. Creaciones como esta “Piedad” son prueba de ello.
¿Quién sería capaz de observar esta obra y no conmoverse? Una piedra. ¿Quién
sería capaz de observar esta obra y afirmar que el mundo es absurdo? Un
nihilista. En cierto sentido, esta “Piedad” habla por todos los hombres. Nos
dice: “¡No todo está perdido! ¡Si los humanos somos capaces de esto, entonces
hay esperanza!”
Alejandro VI
Esta obra fue encargada por el cardenal Bilhéres de Lagraulas, embajador
francés en la corte del papa Borgia (algo bueno debía salir de esa terrible
corte papal). Desde ese momento, a los veinticuatro años, Miguel Ángel alcanzó
la inmortalidad.
El mundo sensible resulta tan imperfecto y tan
lleno de miseria, que uno se pregunta si realmente es la obra de un Dios
perfecto y todopoderoso.
Platón no concebía cómo Dios pudiera crear tanta
fealdad, de modo que simplemente negó que el mundo sensible proviniera de la
Idea Absoluta de Bien. Entonces habló del demiurgo.
Para algunas corrientes gnósticas, el demiurgo es
Yahvé, dios del antiguo testamento, a quien conciben como un ser despiadado,
cruel, celoso y vengativo. Creó el mundo como parodia del mundo espiritual
creado por Dios. Cuando Satán intentó advertir a los hombres, a través de la
figura de Adán, que estaban sirviendo al demonio, Yahvé se dio cuenta, se vengó de Satán y castigó severamente al hombre.
Estas ideas podrían parecer descabelladas, pero
nos remiten al problema filosófico del mal, que abordaré más adelante. Por
ahora que baste con citar a Schopenhauer:
Si Dios ha hecho este mundo, yo no quisiera ser
Dios. La miseria del mundo me desgarraría el corazón.
O esta otra:
Si nos imaginamos la existencia de un demonio
creador, hay derecho a gritarle, enseñándole su creación: "¿Cómo te has atrevido
a interrumpir el sacro reposo de la nada, para hacer surgir tal masa de
desdichas y angustias?"
Solo para fans del autor o interesados en el tema
Vale la pena leerlo
Muy recomendable
Absolutamente imprescindible
Seda es una novela corta, o cuento largo, muy célebre;
se lee en menos de hora y media. Fue escrita por Alessandro Baricco en 1996. Es
la obra más conocida de este destacado autor italiano, y a ella le debe su fama
internacional. La novela ha sido traducida a varios idiomas, incluidos, desde
luego, inglés, francés, alemán, español y portugués. Existe una versión
cinematográfica de 2007, del director francés François Girard, protagonizada
por Michael Pitt, Keira Knightley, Alfred Molina y Miki Nakatani.
Los
temas
Seda es una novela erótica. El tema principal es el
deseo y la obsesión. Pero también es una novela de amor; de amor a prueba de
todo. Por un lado, el protagonista está obsesionado con la concubina de un
cacique japonés. Por otro lado, la esposa del protagonista no dejará de amarle
y le dará una prueba de amor impresionante.
Personajes
principales
Hervé Joncour, joven comerciante de seda.
Hélène, esposa de Joncour.
Baldabiou, líder de los sericultores de Lavilledieu.
Hara Kei, cacique japonés, contrabandista de seda.
Una mujer, concubina/amante de Hara Kei, y de la cual nunca
sabemos su nombre.
Argumento
(La novela en unas cuantas líneas)
Edición italiana
Lavilledieu es una
pequeña localidad francesa que vive casi totalmente de la sericultura. Los
huevos del gusano de seda son importados desde Siria y Egipto, hasta que una
plaga obliga a los sericultores a buscar seda en Japón. Hervé Joncour hace el
viaje y conoce a Hara Kei, contrabandista de seda. Hervé Joncour queda
totalmente impresionado por la belleza de la joven amante/concubina de Hara
Kei. Entre Joncour y la mujer surgirá un deseo erótico. Un folio que ella le
entrega lo insta a volver. Está obsesión llevará a Joncour varias veces de
regreso a Japón, aún cuando ya no sea necesario traer huevos desde allá. Hélène
sutilmente se dará cuenta de que algo mueve y obsesiona a su marido. Después
del cuarto viaje, Joncour recibe una carta escrita en caligrafía japonesa. Más
tarde muere Hélène. Joncour recurre a una japonesa (la misma que antes le
tradujo el folio que lo instaba a regresar a Japón) para que le traduzca la
carta. Se trata de una carta de amor, llena de pasión y erotismo, que revela un
amor inmenso. Joncour se da cuenta que la carta fue escrita por Hélène y no por
la misteriosa concubina de Hara Kei.
Las acciones principales
tienen lugar entre 1861 y 1865, aunque los hechos se expanden y tienen
repercusiones hasta finales de ese siglo.
Análisis
y reflexiones
Foto de la película "Silk", de François Girard
La historia comienza con
la introducción del personaje principal y una referencia temporal: es 1861,
Flaubert escribe y Lincoln sostiene una guerra; Hervé Joncour tiene un oficio
extraño: compra y vende gusanos de seda. Joncour vive en Lavilledieu y está
casado con Hélène. Todos los años Joncour realiza una travesía: parte en enero
rumbo a Siria y Egipto, compra los huevos de gusano y vuelve a principios de
abril, deja los huevos a punto, listos para la venta, y descansa el resto del
año. Digamos que es una vida bastante regular, sin sobresaltos, o, como escribe
Baricco con gran belleza poética, Jancour es “uno de esos hombres a los que les
gusta asistir a su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de
vivirla.”
“Se habrá notado que
ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un
día de lluvia.” (p. 11)
Esta rutina se verá rota
por una epidemia que causará estragos en el mundo de la seda. Lavilledieu es
una pequeña localidad que vive casi por completo de este producto, así que la
epidemia la pone en jaque. La preocupación es grande entre los mercaderes. El
líder de ellos, quien en su momento inauguró este comercio y transformó la vida
de la localidad, Baldabiou, sabe que, dado que Japón es una isla, los gusanos
allá no han sido contaminados, de modo que sería posible traer huevecillos
desde aquella lejanísima tierra y salvar así la actividad económica principal
de la ciudad.
Edición en portugués
La introducción de
Baldabiou es por demás pintoresca. Baricco refiere la anécdota según la cual,
veinte años atrás, el inquieto personaje se presentó en la oficina del alcalde
con una bufanda de seda y le preguntó que si sabía qué era eso. El alcalde,
naturalmente, dijo que eran cosas de mujeres; pero no, Baldabiou sabe que es
dinero, cosas de hombre. Pasados siete meses, Baldabiou regresó y puso treinta
mil francos sobre la mesa del alcalde, quien dijo, al ser cuestionado, que eso
era plata. Baldabiou dice: “se equivoca. Es la prueba de que usted es un
pendejo.” Así es como la apacible Lavilledieu adopta el negocio de la seda.
Hay, pues, una epidemia
en los huevos de Siria y Egipto. Hay que traerlos de otro lado. Los
comerciantes de Lavilledieu no tienen la menor idea de qué es ni dónde está
Japón. Está hasta el fin del mundo, dice Baldabiou. La única manera en que
pueden sobrevivir estos comerciantes es trayendo los huevos desde allá. Además,
la mejor seda, la más bella sobre el planeta, es, sin duda, la japonesa. De
nuevo la imagen poética es sobresaliente:
“Una vez había tenido
entre los dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener entre
los dedos la nada.”
Japón está aislado.
¿Quién hará el trabajo de contrabandista? Naturalmente Joncour. Los
comerciantes se organizan y reúnen el dinero necesario para la expedición.
Joncour se despide de su mujer –de voz bellísima, dice Baricco- y sale de la
ciudad el día 6 de octubre. La ruta, que se repetirá en varias ocasiones, es
esta: frontera francesa, Württemberg, Baviera, Austria, Viena, Budapest, Kiev,
estepa rusa, montes Urales, Siberia, lago Baikal, frontera china, Sabirk en el
Pacífico, Cabo Teraya en Japón, Ishikawa, Toyama, Niigata, Fukushima y Shirakawa.
Enorme viaje. Joncour cumple su misión y se dispone a regresar de inmediato a
Francia, pero alguien lo detiene. Un tal Hara Kei desea verlo.
Hara Kei es una especie
de cacique, de contrabandista y de señor de la seda, de modo que quien quisiese
sacar huevecillos del Japón, necesariamente tendría que tratar con él. La
escena del encuentro es fantástica: una mujer muy joven junto a Hara Kei, como
una especie de gata a la que se acaricia y que posa su cabeza sobre el regazo
del amo, es el signo de poder de aquel cacique. Las miradas de la mujer y de
Joncour se cruzan y crean en el lector una muy sutil y fina atmósfera erótica:
los ojos de ella se clavan en los de él, “con una intensidad desconcertante”
(p. 30). Casi podría decirse que Baricco escribe como si fuera un autor
japonés, con esa economía de palabras, con esa riqueza de imágenes, y dejando
mucho a la imaginación del lector.
“Volvió a apoyar la
cabeza sobre el regazo de Hara Kei. Los ojos abiertos, fijos en los de Hervé
Joncour.”(p.32)
Hara Kei advierte a
Joncour que los huevos que lleva son de pez, y que no valen nada. Quizá por eso
el francés ha pagado con oro falso, ríe el cacique. Sin embargo harán trato.
Joncour se llevará huevos genuinos y una vez que salga de la isla pagará a Hara
Kei. Fin del encuentro.
“La última cosa que
vio [Joncour], antes de salir, fueron los ojos de ella fijos en los suyos,
perfectamente mudos.”(p, 34)
Edición en inglés
El viaje es un éxito. Los
huevos resultan ser maravillosos y la producción de seda de ese año en
Lavilledieu es más que sobresaliente. El mismo Joncour se ha hecho rico y ha
comprado tierra. A principios del otoño, en octubre de 1862, Joncour vuelve a
Japón. Se encuentra con Hara Kei y la enigmática mujer en un bosque, junto a un
lago. A lo lejos, las miradas de la mujer y del francés se cruzan de nuevo. Al
parecer entre ellos está creciendo un impulso erótico que no podrán contener.
Unos pasos más por el sendero, Joncour llega a donde Hara Kei. La ropa de la
mujer está en el suelo, a sus pies. Las olas circulares en el lago “como
enviadas allí desde lejos” (p. 40) revelan que la mujer nada desnuda –con esta
imagen inicia el film de François Girard, Silk, basado en la novela de Baricco–. Joncour pasará
unos días atendido como un rey, y poco antes de partir preguntará a Hara Kei
por la mujer. Claro, no obtendrá respuesta.
En la morada del cacique,
en el último día de su estancia, Joncour se maravilla con la jaula de pájaros,
“algunos más costosos que toda la seda de Lavilladieu.”
“Recordó haber leído
en un libro que los hombres orientales, para honrar la fidelidad de sus
amantes, no acostumbraban regalarles joyas: sino pájaros refinados y
bellísimos”. (p. 45)
Esta frase es como la
seda. Hara Kei honra majestuosamente la fidelidad de su amante. El nombre de la
novela no solo se debe al tema, sino a la forma en que está escrita. Frases
sutilísimas que acarician al lector. Y he aquí un extraño encuentro: mientras
Joncour se baña en su estancia, alguien pone sobre sus ojos un paño húmedo. Es
una mujer, no vieja como las que lo asisten en el baño cada noche, sino joven.
Joncour intenta quitarse el paño, pero la mujer lo impide. Ello lo seca y lo
acaricia: “Sintió la levedad de un velo de seda que bajaba sobre él” (p. 47).
Es acariciado en todo el cuerpo. La mujer abre la mano de Joncour y deposita un
folio. Luego desaparece tan misteriosamente como apareció.
Nuestro personaje regresa
a Francia, siguiendo ese itinerario que Baricco repite como estribillo de esta
canción/poema, retahíla hipnótica que no cesa.
El día 42 de su regreso a
Lavilledieu, Joncour saca el folio y observa fascinado los ideogramas.
Encuentra a Baldabiou en el billar y le pregunta por alguien que hable japonés.
“Aquí el japonés eres tú”, responde (p. 52). Baldabiou le refiere a una tal
Madame Blanche, en Nîmes, una japonesa que regentea un burdel. Joncour de
inmediato va a buscarla.
“¿Qué le hace pensar
que es tan rico que puede acostarse conmigo?”(p. 54)
Pero Joncour no va por
sexo. Lo que quiere es saber qué dice el folio. “Vuelve o moriré” (p. 55), es
lo que dice el folio. Al marcharse, Joncour deja unos billetes sobre la mesa,
pero la japonesa le dice “déjelo así”. Y no habla del dinero, sino de la mujer.
“No morirá y usted lo sabe” (p. 55)
Caligrafía Japonesa
Los sericultores evalúan
una tercera expedición a Japón. Hay rumores de una guerra civil en la isla, y
además el joven Pasteur está investigando la enfermedad de los huevos. Parece
que no es propicio hacer el viaje, más aún si el consulado francés en Yokohama
aconseja que nadie vaya. La revuelta la llevan a cabo fuerzas que se oponen a
la entrada de extranjeros a Japón. No obstante, Joncour emprenderá en octubre
el tercer viaje, no tanto por la seda, sino por la obsesión que ya está
sintiendo.
De regreso en Japón,
entra a pie para que la noticia de su llegada viaje más rápido que él. Y cuando
Joncour llega a los dominios de Hara Kei, una escena terrible, por el
simbolismo que tiene: el cielo se oscurece por el vuelo de cientos de pájaros.
La jaula ha sido abierta y está totalmente vacía. Junto a la jaula, la mujer.
Joncour le muestra el folio; ella sonríe y esconde la hoja en su vestimenta,
justo cuando arriba Hara Kei. Por la noche, hay un banquete en el palacio del
cacique, al cual, desde luego, asiste el francés. Ahí hay un juego de miradas
entre él y la chica. Joncour sale y se dirige a la casa que le ha sido
asignada. Ahí encuentra a la misteriosa mujer y a otra joven. La escena debe
ser desconcertante para Joncour: la mujer por la que había hecho ese viaje tan
largo le entrega a la joven para hacer el amor.
“La amó durante horas,
con gestos que no había hecho nunca, dejándose enseñar una lentitud que no
conocía. En la oscuridad era fácil amarla sin amarla a ella.” (p. 68)
Fotografía de la película de François Girard
Al día siguiente los
hombres de Hara Kei le llevan los huevos. Joncour intenta ver a su anfitrión,
pero ha salido. No encuentra nada, ni una señal, ni un mensaje. Regresa pues, a
Francia, usando la ruta que ya el lector, en este punto, conoce casi de
memoria.
Ya en Lavilledieu, entra
en un estado melancólica que su mujer, Hélène, cree contrarrestar si viajan a
Niza. Así, a finales de julio pasan unas semanas en la playa. En una velada
organizada por un barón italiano, Joncour experimenta celos: un inglés intenta
seducir a Hélène.
“Hervé Joncour lo vio inclinarse hacia Hélène y susurrarle alguna cosa en la oreja. Hélène se echó a reír, de una manera bellísima, y riendo se ladeó ligeramente hacia el caballero inglés, llegando a rozarle con sus cabellos la espalda, en un gesto que no tenían ningún embarazo, sino solo una desconcertante exactitud. Hervé Joncour bajó la mirada hacia el plato. No pudo menos que notar que su propia mano, aferrada a una cucharita de plata, estaba indudablemente temblando.” (p. 77)
De regreso en
Lavilledieu, Baldabiou conversa con Joncour sobre los avances de Pasteur y los
huevos que están comercializando unos italianos. Dados estos elementos, no
tendría caso ir a Japón. Además, se sabe que estalló la guerra y que están
matando extranjeros. Aún así, Joncour decide ir, de ser necesario con sus
propios recursos. No le queda más remedio a Baldabiou más que convencer a los
sericultores de patrocinar el viaje. Inicia la cuarta travesía de Joncour. Es
el día 10 de octubre de 1864.
El panorama es desolador.
El pueblo de Hara Kei está destruido, quemado. Joncour encuentra a un chico que
le conducirá a Hara Kei. Después de cinco días, por fin logra divisar la
caravana; el pueblo entero huye. Finalmente, luego de un día, Joncour alcanza
la caravana, pero no es bienvenido. Hara Kai le ordena que se vaya. El francés
pasará la noche en el campamento y a la mañana siguiente descubrirá al chico
que lo guió colgando de un árbol.
-Japón es un país
antiguo, ¿sabes? Su ley es antigua: dice que existen doce crímenes por los
cuales resulta lícito condenar a un hombre a muerte. Y uno es llevar un mensaje
de amor de su ama.
-No llevaba mensajes
de amor con él.
-Él era un mensaje de
amor.(p. 93)
Edición en francés
Once días después, en
Yokohama, Joncour consigue algo de huevos. Pero ahora tiene el tiempo encima.
En una carrera a marchas forzadas desde Japón a Alemania, llega a Eberfeld y
ahí se da cuenta que las larvas están todas muertas. Es 6 de mayo del 65. En
Lavilledieu las cosas están igual de mal. Los huevos que han conseguido por
otros lados no han servido. De las siete hilanderías, solo trabajan dos. ¿Qué
va a hacer toda esa gente?
Joncour había comprado
una propiedad antes de este cuarto viaje, en la que pretendía hacer un gran
jardín con una enorme jaula de pájaros. Así que emplea a todos esos obreros sin
trabajo para hacer el jardín, que está listo en septiembre. Los lugareños
reconocen que, de no ser por esto, habrían muerto de hambre. Meses más tarde,
Joncour relata a Baldabiou la verdad.
Tiempo después, Joncour
recibe por correo siete folios con ideogramas japoneses. Irá a Nimes, en busca
de madame Blanche, para que le traduzca la carta. El escrito es erótico y
arrollador:
“…dejaré que tu sexo
cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi
saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la
otra, sobre tu sexo…” (p. 111)
Las últimas líneas de la
carta:
“Lo que era para
nosotros, ya lo hemos hecho y tú lo sabes. Créeme: lo hemos hecho para siempre.
Conserva tu vida al margen de mí. Y no dudes ni un segundo, si es útil para tu
felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin remordimiento,
adiós.”(p. 113)
El tiempo pasó. En 1871
Baldabiou se marcha de Lavilledieu. En marzo del 74 fallece Hélène. Ese mismo
año Joncour busca a Madame Blanche en Nîmes y se entera que se ha marchado a París.
Después de una búsqueda incesante, Joncour encuentra a M. Blanche. Resulta que
fue Hélène quien escribió la carta. M. Blanche se limitó a escribirla en
japonés.
“Sabe, monsieur, yo
creo que ella hubiera deseado, más que ninguna otra cosa, ser esa mujer. Usted
no lo puede entender. Pero yo la escuché leer esa carta. Sé que es así.”(p. 123)
Hervé Joncour vivió
veintitrés años más.
Así, pues, amigos,
termina esta historia de amor frustrado.
Poster de la película de Françoise Girard
Les recomiendo la
película de François Girard y les dejo el link para que vean el trailer:
Les presento una obra
surrealista. En esta ocasión he seleccionado uno de los pintores belgas
más conocidos del siglo XX, y uno de mis favoritos de esta fascinante
corriente. Se trata de Paul Delvaux (1897-1994).
Hablar
de surrealismo significa penetrar el mundo de los sueños. Las teorías
de Freud al respecto, que mucho influyeron a esta corriente, resultan
muy interesantes para poder apreciar mejor a estos pintores.
Freud
En resumen,
Freud sostiene que los sueños son representaciones de deseos, y que son
el espejo del subconsciente. Al ser una actividad fuera del control del
hombre, los sueños muestran descarnadamente el interior de la persona.
Desde luego, estos sueños deben ser sometidos a un análisis para
interpretarlos de la mejor manera. Así, si nosotros observamos el arte
surrealista, no sólo nos maravillamos ante la maestría y fantasía de los
artistas, sino también somos capaces de adentrarnos en su psique. Es
como un viaje al interior del alma del pintor.
La Venus Dormida,
pintada en 1944, muestra a la diosa que yace sobre un sofá (por cierto,
del tipo que usan los psicoanalistas). Sin duda, los demás personajes
son producto de la actividad onírica de la diosa. Interpretar este
cuadro no resulta fácil.
Aunque el mismo pintor ha dicho (a propósito de
los cuadros en donde aparecen esqueletos) que el esqueleto no quiere
simbolizar la muerte, sino la vida, la Venus Dormida
nos hace pensar en la seducción de la muerte, o al menos en su
inefabilidad, más aún si consideramos a la mujer del sombrero como
símbolo de la belleza juvenil. Belleza y muerte se confrontan; están
cara a cara.
Venus misma, aunque la sabemos dormida, se asemeja más a un
lánguido cadáver. Pero de algún modo la postura de sus piernas y las
delicadas cadencias de su vientre y de su pecho nos remiten a una
vitalidad plena, espléndidamente iluminada por la luna.
Pero la luna es
casi nueva. ¿De dónde proviene la luz? En el mundo de los sueños todo es
posible.
A mano derecha hay una mujer desnuda con el brazo levantado.
¿A quién llama? Su mirada es indescifrable.
Al fondo hay tres mujeres
de las cuales no se sabe si danzan o suplican.
Una cuarta mujer, más
atrás, está arrodillada y abraza una columna. Algunos comentaristas han
sugerido algún simbolismo fálico.
Más
que voluptuosidad, este cuadro nos sugiere misterio. El escenario nos
recuerda a Piero della Francesca y sus ciudades ideales.
Piero della Francesca: Ciudad Ideal
El cuadro mismo
es una alucinación ideal. Es un maravilloso mundo de sueños y anhelos,
deliciosamente femenino y profundo. Y a propósito de lo femenino (si
podemos hablar de un “pintor de lo femenino” en el siglo XX, ése es
Delvaux), qué mejor que estas elocuentes líneas de Baudelaire:
La mujer es el ser que proyecta la mayor sombra
y la mayor luz en nuestros sueños. La mujer es fatalmente sugestiva;
vive de una vida distinta de la suya;
vive espiritualmente en las imaginaciones que cultiva y fecunda.
Las
mujeres cultivaron y fecundaron la imaginación de este magnífico
pintor. Si yo fuera pintor, seguramente serían un pintor de lo femenino.
Espero que todos disfruten esta magnífica obra.
¿Por qué los hombres
no pueden resistirse ante un bonito derrière?
Obama y Sarkozy
Tampoco las mujeres, si les atrae
un hombre, pueden contenerse.
¿Por qué?
Hay muchas respuestas.
Arthur Schopenhauer
Veamos la de
Schopenhauer (†1860). Este agudo filósofo alemán habla de una Voluntad de
vivir; una Voluntad (la Naturaleza), con mayúscula, que se manifiesta en el
instinto y en la conciencia de cada individuo. El sentimiento de amor se
apodera del sujeto y lo hace esclavo e instrumento de la Voluntad (Naturaleza),
y así ésta logra sus fines: que la especie se perpetúe. Si uno dirige su deseo
hacia otro, a través de la mirada o de las palabras, no es por otra cosa que
por considerarlo compañero o compañera sexual.
JLo
Diría el filósofo: si yo veo
pasar a una chica y detengo mi mirada en su derrière, es porque me parece una
buena compañera sexual con la cual podría tener buen sexo, y, en consecuencia,
con la cual podría tener descendencia. Y lo mismo ellas cuando no pueden evitar
ver a un hombre.
Ya decía Freud que todo individuo quiere poseer sexualmente a
todos aquellos que sean objeto de su deseo.
El amor romántico, diría
Schopenhauer, es la manifestación cursi de esa fuerza ciega, arrebatada y
egoísta.
Así que ya saben amigos, amigas: nada de “oh, me gusta tu espíritu", o "ah, tu forma de ser", o "cielos,
tu ser interior", y menos aún un "oh, Dios, me importa lo de adentro, no lo de afuera” y cosas por el
estilo. Las realidad no es tan inocente como uno cree. Abrazos y besos a todos!
La "Navaja de Occam" o principio de parsimonia -del filósofo inglés
William of Occam, †1348- propone que, en una investigación o
explicación, hay que "cortar" lo que sobre o sea irrelevante.
Humor inglés, a propósito de la Navaja de Occam
El
nominalismo medieval, del cual Occam es figura,
es precursor del empirismo inglés, y éste es a su vez la alfaguara
donde han bebido los filósofos y científicos ingleses y norteamericanos.
Por esta razón, cuando un astrónomo estudia el universo, la existencia
de Dios le resulta irrelevante, porque ni mejora ni empeora la
investigación; puede entender el universo y sus fenómenos sin suponer un
dios. Si se hace la pregunta de lo que sucedió antes del Big Bang (los
creyentes dirían que ahí estaba Dios, y que Dios es causa del universo),
tal astrónomo dirá que la pregunta no tiene sentido, pues el Big Bang
es el inicio del espacio-tiempo, por lo que resulta absurdo preguntar
por el "antes" del Big Bang.
¿Entonces cuál es la causa del universo? La
causa siempre antecede al efecto supuesto el espacio-tiempo. No
existiendo el espacio-tiempo es absurdo hablar de la causa del universo.
Saludos a todos. Venus ReX
Sean Connery como William of Baskerville, personaje basado en William of Occam
Mientras los calvinistas sostienen la predestinación, los católicos
afirman el libre albedrío. ¿Pueden estos matices tener consecuencias
importantes, o solo son discusiones estériles? Si estoy predestinado a
salvarme o a condenarme, nada importa
lo que haga. Al parecer esta doctrina calvinista es absurda. En lo
personal creo que no puede sostenerse.
No obstante, en el terreno
práctico sí tiene y ha tenido tremendas consecuencias. Vivir y obrar
bajo Dios es un signo de pertenecer a los elegidos, lo cual impulsa a
los calvinistas a obrar convenientemente. En el ámbito económico, hacer
lo conveniente y vivir bajo Dios implica entregarse al trabajo; y no
solo eso: el éxito económico es signo de pertenecer a los elegidos.
Así
Max Weber (La ética protestante y el espíritu del capitalismo) se
explica la brecha de desarrollo que existía entre la Europa protestante y
la católica a finales del XIX y principios del XX (comparemos a España,
Italia o Portugal con Alemania, UK o USA). Desde esta perspectiva se
entienden los inmensos emporios comerciales norteamericanos, alemanes y
británicos que nacieron desde la revolución industrial. Venus Rex
Obreros descansando durante la construcción del Empire State Building, NY