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miércoles, 25 de abril de 2012

Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco


Las batallas en el desierto

 José Emilio Pacheco

 Ediciones Era, 68 p.


 Calificación: 


No pierdas tu tiempo
Solo para fans del autor o interesados en el tema
Vale la pena leerlo
Muy recomendable
Absolutamente imprescindible

Las batallas en el desierto es una novela escrita por nuestro muy celebrado y laureado compatriota José Emilio Pacheco. La novela fue escrita a principios de los ochenta, y desde entonces se ha convertido en una de las obras más leídas y queridas de la literatura mexicana. Es una novela muy breve –o si se quiere, un cuento largo– que se lee cómodamente en un par de horas y que retrata a la colonia Roma, un barrio muy entrañable de aquella Ciudad de México, hoy perdida, de finales de los años cuarenta.

Los temas
El tema principal de esta novela es el amor: un jovencito se enamora de la mamá de su mejor amigo. Paralelamente, la novela nos muestra una sociedad dividida, clasista, cruel y discriminadora. El mosaico es complementado por la descripción de ese México corrupto, en donde la clase política se enriquece y en donde prevalece la impunidad. Es lamentable ver como a la fecha, después de más de sesenta años, las cosas en este rubro no han cambiado mucho.

Personajes principales
Carlos, joven enamorado de Mariana.
Jim, hijo de Mariana, condiscípulo y mejor amigo de Carlos.
Mariana, madre de Jim, amante de un político corrupto y objeto del amor de Carlos.
Rosales, condiscípulo de Carlos y Jim; es el alumno más pobre del colegio.

Argumento (La novela en unas cuantas líneas)
Casa de las Brujas, en la colonia Roma

Carlos es alumno de un colegio en la colonia Roma, barrio donde vive, y su mejor amigo es Jim, hijo de un norteamericano de San Francisco y de Mariana. Jim vive con su madre, también en la colonia Roma. Es un secreto a voces que la madre de Jim es la amante de un personaje cercano al presidente Miguel Alemán. Un día Jim invita a Carlos a su casa. Al ver el pequeño Carlos a Mariana cae de inmediato enamorado. Carlos aprovecha la primera ocasión que tiene para salirse del colegio e ir solo a casa de Mariana para declararle su amor. La mujer, sorprendida, le hace ver que ese amor es imposible, pues ella tiene veintiocho años y él es apenas un niño. Carlos es cambiado de escuela y pierde contacto con Jim y con Mariana. Pasado un tiempo, Carlos se encuentra casualmente a Rosales quien le confiesa que Jim se fue con su padre a los Estados Unidos luego que su madre se suicidara. Carlos no puede creer lo que oye y de inmediato se dirige a la casa de Mariana, pero nadie le puede dar razón alguna de su paradero. Carlos no sabe si creer. Lo cierto es que al final reflexiona que, de vivir Mariana, tendría ochenta años –lo cual no cuadra, pues si la novela fue escrita en 1981, y Mariana en 1948 tiene 28, no cumpliría 80 sino hasta 2000.

Análisis y reflexiones

Guerra Árabe-Israelí de 1948
El libro está escrito en primera persona. El narrador es un Carlos adulto que rememora sus días de párvulo. La narración es completamente lineal, clara, cómoda, amena y ágil. El libro comienza con una descripción de esa Ciudad de México de finales de los cuarenta, lo que se veía en los cines (aún no había televisión), lo que se oía en la radio y lo que se leía en los diarios. Sabemos que es el año 1948 porque el narrador (Carlos escribiendo en 1980) hace referencia al establecimiento del Estado de Israel y a la guerra contra la Liga Árabe, y por esta razón sabemos que “Las batallas en el desierto”, título de la novela, es el juego que juegan los alumnos del colegio durante los recreos: no se trata de indios contra vaqueros, o policías y ladrones, sino de árabes contra judíos.

Mansión en Las Lomas de Chapultepec, DF.
Carlos nos cuenta de sus amigos, del clasismo y del racismo que prevalece en la Ciudad. Nos dice que ese año su amigo era Jim, quien supuestamente es el hijo de un político muy importante, lo cual resulta extraño toda vez que Jim vive con su madre en la colonia Roma; si fuera hijo de quien dice, piensa Carlos, debería vivir en una mansión en el barrio de Las Lomas o Polanco, y no en un simple departamento de “medio pelo”. Todo mundo sabe, según el condiscípulo Ayala, que la mamá de Jim es la “querida” del político, y, a decir verdad, no la única, sino una entre muchas.

El título del tercer capítulo, “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, hace referencia a ese México corrupto en donde los funcionarios se enriquecen brutalmente. Es desolador, como ya dije, que en pleno 2012, más de sesenta años después del gobierno del presidente Miguel Alemán, podamos aplicar, no solo sin dificultad, sino con la mayor naturalidad, el epíteto de “Alí Babá y los cuarenta ladrones” a los gobernantes. Las palabras de Alcaraz, otro condiscípulo, cuando Jim explica que no ve a su papá porque siempre está fuera trabajando por México, podrían ser suscritas por cualquier mexicano, argentino, colombiano, peruano, y en general por cualquier latinoamericano:


“Sí cómo no: ‘trabajando al servicio de México’: Alí Babá y los cuarenta ladrones. Dicen en mi casa que están robando hasta lo que no hay. Todos en el gobierno de Alemán son una bola de ladrones.” (p. 20)


Carlos nos relata los prejuicios de su familia. Su mamá es de Jalisco, Estado por demás conservador, más en aquella época, y odia a todos los que no sean de ahí. Odia a los capitalinos. Aquí habría que dar una explicación para mis lectores no mexicanos, pues existe cierta animadversión hoy en día en contra de nosotros, los capitalinos, a quienes nos han llamado despectivamente “chilangos”, si bien, por virtud de la costumbre y el exceso de uso, el vocablo ya no tiene en nuestros días esa connotación peyorativa. La Ciudad de México, que es lo mismo que el Distrito Federal, es la concentración urbana más grande del país, y una de las cinco más grandes del mundo. Fue poblada por gente de todos los Estados. Quienes emigraban de sus ciudades para establecerse en el DF cometían cierta traición y se los llamaba chilangos, tanto a ellos como a sus descendientes. Todos los que nacimos y habitamos esta maravillosa ciudad somos descendientes de jalicienses, poblanos, veracruzanos, guanajuatenses, norteños, etcétera. Raro es aquel que no tiene entre sus ascendientes a algún “provinciano”. Pues bien, la madre de Carlos no se siente bien en una ciudad tan mezclada, y menos aún en una colonia que ha venido a menos –a finales del siglo XIX la colonia Roma era el barrio de la aristocracia capitalina– y que se está llenando de árabes y judíos, y de gente del sur. La madre de Carlos odia a esa gente del sur: campechanos, tabasqueños, yucatecos y chiapanecos. Aquí hay un error en el que incurre el 99.99% de los mexicanos, José Emilio Pacheco y la madre de Carlos incluidos: respecto a la Ciudad de México, dada la forma de cornucopia de nuestro país, tanto Yucatán como Campeche, estados por antonomasia “sureños”, ¡están en una posición más septentrional!

En este mapa se aprecia claramente que casi todo Campeche, casi todo Quintana Roo y todo Yucatán están en una posición más septentrional que la Ciudad de México

Jim se convence de que Carlos es su amigo porque un día, en la escuela, Rosales (el más pobre de todos los alumnos) les grita “putos”, y Carlos no tiene otro remedio que irse a los golpes. Por esta razón Jim invita a Carlos a su casa. Al ver a la madre de Jim, el amor es instantáneo:


“Voy a conservarlo entero [el recuerdo] porque hoy me enamoré de Mariana… Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza.” (p. 31)


Aunque reconoce que no hay ninguna oportunidad, se ilusiona al saber, por boca de Jim, que le ha caído muy bien a Mariana, lo cual le hace suponer a Carlos que la mujer lo “registra”, que se ha fijado en él.

La pulsión que siente Carlos es tremenda. Un día, en plena clase de Español, pide permiso para ir al baño, se sale de la escuela y va a casa de Mariana a confesarle su amor:


“Porque lo que vengo a decirle –ya de una vez, señora, y perdóneme– es que estoy enamorado de usted.” (p. 37)


La reacción de Mariana no es de burla, ni de cólera. Más bien de cierta comprensión y simpatía por el chico. Le explica a Carlos que no puede haber nada entre ellos, que ella tiene veintiocho años, que es como una anciana para él, que debe quitarse esa infatuation, así, en inglés, porque puede hacerse daño. Mariana toma al chico de la mano y antes de que se vaya le da un beso en la comisura de los labios.
 
Mientras tanto, en la escuela, al ver que Carlos no regresa del baño, lo empiezan a buscar. Jim sabe de algún modo que Carlos está en casa de Mariana. El profesor Mondragón y Jim se dirigen a casa de este último a buscarlo. Mariana acepta que Carlos estuvo ahí, porque había olvidado el viernes anterior su libro de historia. Tanto Mondragón como los padres de Carlos, enterados de los hechos por boca del primero, esperan que Mariana delate a Carlos, y como no lo hace, suponen que algo extraño y vergonzoso sucedió, y que la mujer lo está ocultando.

Y aquí es donde sale a relucir la hipocresía de la clase media, o por lo menos de la familia de Carlos. Mientras que el chico es enviado con un sacerdote a que confiese sus horribles pecados, y al psiquiátrico, todo mundo sabe que su padre mantiene una relación con una exsecreataria con la que ha procreado dos niñas. Los detalles que pide el sacerdote en la confesión son por demás morbosos y nos hacen pensar en la delectación que el sucio sacerdote habría experimentado mientras preguntaba si la mujer estaba desnuda, si había algún hombre en casa, si el chico se ha tocado, si ha habido derrame. En realidad, Carlos solo está enamorado y no ha hecho mal a nadie.


“Querer a alguien no es pecado, el amor está bien, lo único demoníaco es el odio.” (p. 44)



“El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio.” (p. 56)


Rita Hayworth
El único que parece orgulloso de Carlos es su hermano Héctor, que admira que el pequeño haya tenido un asunto amoroso con una mujer “más buena que Rita Hayworth” (p. 48), porque su madre –que piensa que pertenece a una de las mejores familias de Guadalajara–, se refiere a Jim como el “bastardo”, y a Mariana como una “ramera pervertidora de menores”, y se lamenta de la decadencia moral de la Ciudad de México, que, a sus ojos, es como si fuera Sodoma y Gomorra. La mujer es capaz de separar a Estelita, hermana menor de Carlos, por temor a que el chico, ahora que ha sido corrompido, pueda hacerle algún daño (p. 54). Desde luego no permitirá que Carlos siga asistiendo a una escuela que acepta como alumno al hijo de una mujer pública.

Fragmento del mural de Rivera en el desaparecido Hotel Del Prado
La madre de Carlos encarna lo peor del conservadurismo y el catolicismo de la middle class. Héctor, el hijo mayor, es militante derechista. Fue de los que borraron la leyenda “Dios no existe” del mural que Diego Rivera pintó en el Hotel del Prado, pero al mismo tiempo es capaz de intentar violar a las sirvientas –palabra por demás despectiva–. Su lema es: “Carne de gata, buena y barata.” (p. 51) Madre e hijo profesan un catolicismo rancio, pero no tienen ni un ápice de piedad ni caridad cristianas. El cuadro lo completa Isabel, la hermana de Carlos y Héctor, que se ha liado con quien en su momento fue un conocido actor infantil, Esteban, ahora venido a menos.

La novela termina con el encuentro casual entre Carlos y Rosales. Ha pasado algún tiempo desde que Carlos dejó la escuela. Rosales ahora vende chicles en los camiones del transporte público y Carlos está en una mejor posición, porque su padre, que ahora trabaja para los norteamericanos, ha progresado. En la escuela corrió el rumor, por boca del mismo Jim, de que Carlos estaba enamorado de Mariana y que había declarado su amor. También se supo que lo habían llevado al “loquero”. Pero lo peor es que Mariana murió y que Jim regresó a San Francisco con su padre biológico. Nadie sabe bien qué fue lo que sucedió. Al parecer Mariana criticó a los políticos corruptos en una fiesta elegante en Las Lomas, frente a los acaudalados amigos de su amante, cosa que le valió a la pobre mujer una humillación delante de todos esos potentados. El caso es que, según Rosales, la madre de Jim se suicidó. ¿Pero cómo pudo saberse eso? Jim encontró a su madre tirada, muerta, y lo único que se le ocurrió fue pedir ayuda al profesor Mondragón, y así se enteró toda la escuela.

Carlos dejó a Rosales y llorando se dirigió a casa de Mariana. Pero ya no vivía allí y nadie pudo dar razón de ella. Pasado un tiempo, Carlos fue a vivir a Nueva York y estudió en Virginia. Siempre conservó el recuerdo de Mariana (a quien asocia con la canción Obsesión, cuyo autor creo que es Javier Solís).


“Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años.” (p. 68)


Café Tacuba
A propósito del estribillo de la canción Obsesión –“Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo”–, no puedo dejar de mencionar que el gran grupo de rock urbano Café Tacuba, oriundo de Ciudad Satélite, al norte de la Ciudad de México, hizo la canción “Las batallas en el desierto” como homenaje a esta entrañable y muy querida novela mexicana. 

También hay una película basada en ella, “Mariana, Mariana”, con libreto ni más ni menos que de Vicente Leñero, en donde actúa la guapísima Elizabeth Aguilar, quien, por cierto, fue la primera playmate mexicana, y el gran Pedro Armendáriz, recientemente fallecido.





Les dejo el link de la canción:

Y el link de la película completa. No la he visto, pero me dispongo a verla ahora mismo:


Reciban todos un abrazo.
Venus ReX

José Emilio Pacheco

1 comentario:

  1. Excelente libro este de Pacheco, lo he comentado con mi Padre quién vivió en esos años su infancia en la Colonia Roma, le trajo gratos recierdos de su infancia, de ese México que perdimos y de las transas del Presidente Alemán, primer corrupto a gran escala de la época PostRevolucionaria... el cachorro de la Revolución fue un pillazo y primer presidente que trato y negocio con el narco, en ese tiempo gomeros en Sinaloa y Juan N. Guerra en Veracruz. Un abrazo maestro Venus. atte G Villagrán

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